El ENTRETENIMIENTO, la nueva doctrina social

Hubo una época en la que la propaganda era fácil de reconocer. Tenía himnos, consignas, líderes señalando al horizonte y discursos interminables sobre cómo debía pensar la sociedad. Era tosca, evidente y, precisamente por eso, muchas veces ineficaz.

La propaganda moderna es infinitamente más sofisticada. Ya no entra por obligación. Entra por placer.

Llega en forma de series de éxito, canciones pegadizas, influencers cercanos, realities, superhéroes, plataformas de streaming y vídeos aparentemente espontáneos. El ciudadano contemporáneo cree estar simplemente entreteniéndose cuando, en realidad, pasa varias horas al día absorbiendo modelos emocionales, sociales y morales cuidadosamente normalizados.

Hay por tanto varias realidades

La realidad más simple mas cercana y facil de comprender es la de grandes corporaciones culturales, algoritmos y tendencias ideológicas que comparten intereses similares y terminan empujando de un modo u otro a una misma visión del mundo.

Y por otro lado no podemos olvidar grupos poderosos altamente cohesionados que buscan crear una humanidad acorde a sus creencias e intereses que construyan sus fines con total desprecio al bien común

El nuevo púlpito ya no está en las iglesias ni en los parlamentos

Está en las pantallas. Hoy millones de personas aprenden cómo deben amar, discutir, vestirse, pensar, relacionarse o incluso sufrir viendo contenidos en Netflix, consumiendo vídeos en YouTube o pasando horas deslizando contenidos en redes sociales. La ficción ya no refleja solamente la sociedad: también la moldea.

Una serie aparentemente inocente puede introducir determinadas ideas políticas, sociales o culturales de manera mucho más eficaz que cualquier discurso institucional. Porque el espectador baja la guardia. No siente que le estén adoctrinando. Cree estar descansando.

Y ahí reside el verdadero poder de la cultura audiovisual moderna. Las ideas ya no se imponen: se normalizan.

La falsa rebeldía como producto comercial

Uno de los fenómenos más curiosos de nuestra época es que gran parte del entretenimiento se presenta como “transgresor”, “libre”, “antisistema” o “valiente”, cuando en realidad reproduce exactamente los valores dominantes de las grandes industrias culturales que lo financian. La rebeldía se ha convertido en una estética de mercado.

El espectador tiene la sensación de estar consumiendo algo rompedor, cuando muchas veces simplemente está viendo la versión emocionalmente atractiva de las ideas socialmente aceptadas por las élites mediáticas y corporativas. Incluso la provocación está cuidadosamente calculada.

Se permite cuestionar ciertos temas, pero otros permanecen prácticamente blindados. Hay opiniones que convierten a alguien en “interesante” y otras que lo convierten automáticamente en sospechoso.

La libertad de expresión contemporánea muchas veces no funciona prohibiendo directamente, sino señalando socialmente qué ideas son cómodas y cuáles implican costes personales o profesionales.

El algoritmo no tiene ideología… pero sí intereses

Otro gran error consiste en pensar que todo responde exclusivamente a una agenda política clásica. A veces el motor principal es algo mucho más elemental: la atención.

Los algoritmos descubrieron hace tiempo que el miedo, la indignación, el conflicto y la polarización generan más interacción que la serenidad o el pensamiento matizado. Por eso internet parece una discusión permanente.

Las plataformas premian emocionalmente los contenidos extremos porque mantienen a la gente mirando, reaccionando y compartiendo. El resultado es una sociedad cada vez más cansada, más ansiosa y más enfrentada, aunque paradójicamente esté hiperconectada.

La tensión emocional se ha convertido en negocio.

Y cuando el negocio depende de mantener emocionalmente activas a millones de personas, la neutralidad desaparece.

El espectador cree elegir, pero el menú ya viene preparado

La ilusión de libertad moderna no consiste en prohibir opciones, sino en hacer que ciertas opciones ni siquiera aparezcan.

La mayoría de usuarios consume lo que el algoritmo decide mostrar primero. Y el algoritmo no es neutral: responde a intereses comerciales, ideológicos y estadísticos.

Con el tiempo, esto crea burbujas culturales donde el ciudadano termina creyendo que “todo el mundo piensa igual”, simplemente porque apenas entra en contacto con perspectivas distintas. La uniformidad emocional se disfraza de diversidad infinita.

Nunca hubo tantas plataformas, tantos canales y tantos contenidos. Y, sin embargo, rara vez el mensaje de fondo había sido tan parecido.

Una sociedad entretenida… y cada vez menos libre interiormente

Quizá el verdadero problema no sea político, sino psicológico. El entretenimiento constante reduce el silencio, la reflexión y la capacidad crítica. Todo debe ser inmediato, emocional y rápido. Pensar demasiado se considera aburrido. Dudar resulta incómodo. Y cualquier análisis complejo queda sepultado bajo nuevas distracciones al cabo de minutos.

La sociedad actual consume más información que nunca y, sin embargo, muchas personas sienten que comprenden menos la realidad.

Porque una cosa es estar informado y otra muy distinta pensar por cuenta propia.

El objetivo no es el enfrentamiento

Precisamente por eso empieza a surgir un cansancio silencioso. Ya que cada vez más personas perciben que algo no encaja: demasiada manipulación emocional, demasiada doctrina disfrazada de entretenimiento y demasiada necesidad de dividir constantemente a la sociedad entre buenos y malos. Y quizá la respuesta no sea caer en otro fanatismo opuesto.

Tal vez el verdadero acto de rebeldía contemporánea consista simplemente en recuperar la capacidad de observar, analizar y pensar sin consignas prefabricadas. Sin gritar. Sin trincheras.

Sin aceptar automáticamente que todo lo que aparece en una pantalla es inocente solo porque venga envuelto en música, humor o una buena fotografía.

Porque el entretenimiento moderno ya no es únicamente entretenimiento,  es el principal campo de batalla cultural de nuestro tiempo.

¿Necesitas orientación sobre una situación que te preocupa?

Diego Verona lleva más de 30 años realizando consultas de tarot de forma profesional.

Miles de personas han recurrido a sus consultas para reflexionar sobre sus circunstancias y afrontar decisiones importantes con mayor serenidad.

Consulta privada de Tarot por teléfono o WhatsApp.

CONSULTAR POR WHATSAPP
Diego Verona tarotista