
Un ensayo de 1945 que parece escrito para el siglo XXI
Por la redacción de Luz en Acuario
En diciembre de 1945, Europa intentaba levantarse de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Las ciudades estaban destruidas, millones de personas habían muerto y el continente entero se preguntaba cómo había sido posible semejante catástrofe. Sin embargo, mientras la mayoría miraba hacia la reconstrucción, un escritor británico estaba observando algo distinto. Algo aparentemente trivial, pero profundamente revelador. Su nombre era George Orwell.
Y lo que vio fue que, apenas terminada la guerra, las naciones comenzaban de nuevo a enfrentarse, aunque esta vez de otra manera: a través del deporte. Fue entonces cuando escribió uno de sus ensayos más brillantes y menos conocidos: El espíritu deportivo (The Sporting Spirit), publicado en la revista Tribune el 14 de diciembre de 1945.
En él dejó una de las frases más célebres de toda su obra:
«El deporte serio es la guerra menos los disparos.»
Ochenta años después, la afirmación sigue resultando tan incómoda como fascinante.
El deporte no era el problema
Conviene aclararlo desde el principio. Orwell no odiaba el deporte. No estaba criticando a quien juega un partido entre amigos, ni al niño que corre detrás de un balón en una plaza, ni a quien practica ejercicio por diversión. Su crítica iba dirigida a otra cosa:
La transformación del deporte en un instrumento de orgullo colectivo, de identidad nacional y de enfrentamiento entre grupos.
Porque cuando un partido deja de ser un juego y pasa a convertirse en una cuestión de prestigio nacional, sucede algo extraordinario: el ser humano deja de pensar como individuo y comienza a pensar como miembro de una tribu.
Y las tribus necesitan dos cosas:
- una bandera;
- y un enemigo.
El «nosotros» contra el «ellos»
Orwell comprendió algo que la psicología moderna ha confirmado muchas veces: Las personas sienten una poderosa necesidad de pertenecer a un grupo que puede ser:
- un país;
- una religión;
- una ideología;
- un partido político;
- un equipo de fútbol.
El mecanismo psicológico es exactamente el mismo ya que cuando la identidad del grupo se convierte en parte de nuestra propia identidad, la victoria del grupo se vive como un triunfo personal y la derrota se siente como una humillación. Por eso un partido de fútbol puede provocar:
- insultos;
- odio;
- violencia;
- deseos de venganza.
Y por eso el deporte, según Orwell, puede convertirse en una forma de guerra simbólica.
Los estadios como campos de batalla
En el deporte internacional aparecen muchos de los elementos propios de un conflicto bélico:
- banderas;
- himnos;
- colores;
- héroes;
- enemigos;
- victorias;
- derrotas;
- humillaciones.
Los jugadores representan a millones de personas. Los aficionados viven el resultado como si se tratara de una cuestión de honor nacional, pero de repente, algo tan inocente como un balón se convierte en un símbolo. Y los símbolos tienen un enorme poder emocional.
Algunos ejemplos
En 1969, la conocida como la guerra del futbol ( El Salvador – Honduras ) estalló tras una serie de partidos de clasificación para el Mundial. El fútbol no fue la causa profunda del conflicto, pero sí actuó como detonante emocional.
En la antigua Yugueslavia las rivalidades deportivas entre serbios y croatas anticiparon en el deporte los odios que posteriormente desembocarían en una guerra real.
Y, todavía hoy, los episodios de violencia entre aficionados siguen siendo frecuentes en numerosos países.
Una profecía para nuestro tiempo
Pero quizá lo más sorprendente del ensayo es que hoy puede leerse en un sentido mucho más amplio. Porque los nuevos estadios ya no son únicamente los campos de fútbol. También existen otros:
- las redes sociales;
- la política;
- las guerras culturales;
- los debates ideológicos.
En ellos encontramos exactamente los mismos mecanismos:
- tribus enfrentadas;
- consignas;
- banderas;
- líderes;
- enemigos;
- deseo de humillar al contrario.
Un fenomeno sociologico que es antropologico
El ser humano posee una profunda inclinación hacia la competición tribal y que cualquier actividad puede convertirse en un campo de batalla si se la carga de identidades, símbolos y pasiones colectivas.
El fútbol puede unir.
Puede generar amistad.
Puede crear momentos de felicidad compartida.
Pero también puede convertirse en algo muy distinto.
Las masas necesitan pertenecer a algo y, con demasiada frecuencia, necesitan también a alguien contra quien enfrentarse, dada nuestra facilidad para dejar de pensar como individuos y empezar a pensar como miembros de un grupo. Con la tendencia a dividir el mundo entre «los nuestros» y «los otros» y con la inquietante realidad de que, incluso en las sociedades más modernas y tecnológicas, seguimos siendo criaturas profundamente tribales. Esta incardinado en la naturaleza humana.
George Orwell (1945)
«El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio. Está ligado al odio, la envidia, la fanfarronería, el desprecio por las reglas y el placer sádico de contemplar la violencia. En otras palabras: es la guerra menos los disparos.»
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